
Hubo un tiempo en que la localidad santafesina de San Vicente tenía un sonido propio. Al mediodía, tres sirenas marcaban el pulso de un pueblo que trabajaba al ritmo de las grandes fábricas de cosechadoras.
Los obreros salían, entraban, cambiaban de turno y volvían a sus casas con las manos impregnadas de grasa y la certeza de que, en esos galpones, no solamente se fabricaban máquinas: también se construía el futuro. Hoy aquellas sirenas ya no suenan desde hace años, pero la memoria permanece.
Y eso es precisamente lo que busca recuperar “Tracción a Sangre”, el documental de 40 minutos dirigido e ideado por el realizador sanvicentino Luciano Prósperi, que tuvo su estreno durante la última edición de la Fiesta Nacional de la Cosechadora, en el auditorio del Club Brown.
Más que un recorrido por la historia industrial de una localidad santafesina, la película es un viaje hacia una época en la que el ingenio, el trabajo y la industria nacional fueron capaces de convertir a un pequeño pueblo en uno de los grandes capítulos de la mecanización agrícola argentina.
Porque detrás de cada cosechadora hubo un plano, un torno preparado, una soldadura y cientos de horas de trabajo. Pero, sobre todo, hubo personas que soñaron un sector industrial grande y pujante.
San Vicente no es una localidad más dentro de la historia de la maquinaria agrícola argentina. Es la cuna de la cosechadora argentina, una identidad construida durante décadas por generaciones de trabajadores, técnicos, ingenieros, herreros y empresarios.
En apenas 100 kilómetros, entre San Vicente y Sunchales, Santa Fe concentró algunos de los grandes hitos que marcaron la evolución de la cosechadora argentina hasta llegar a la máquina moderna.
De un lado, Sunchales quedó ligada al nacimiento de la cosechadora autopropulsada. Del otro, San Vicente fue protagonista de una historia todavía más temprana: la fabricación industrial de cosechadoras a tracción a sangre.
La historia de la primera cosechadora de Sudamérica, que se fabricó en Argentina
“En 100 kilómetros a la redonda, entre Sunchales y San Vicente, la industria le dio al mundo los primeros avances tecnológicos que le permitieron llegar a la cosechadora de hoy”, explica Prósperi en una entrevista exclusiva con Infocampo.
“Una era tracción a sangre -por eso el documental se llama así- y la otra era autopropulsada”, recuerda con nostalgia el director del documental.
En ese recorrido aparece Senor, considerada la primera fábrica organizada de Sudamérica dedicada a producir cosechadoras a tracción a sangre. La diferencia no es pequeña. No se trataba simplemente de un hombre construyendo una máquina en un taller. Era el nacimiento de una industria capaz de producir en escala y de generar alrededor de ella una verdadera comunidad productiva.
“Senor es la primera cosechadora a tracción a sangre de San Vicente y de Sudamérica como fábrica organizada, no como un colono aislado que hizo una máquina, sino como empresarios que armaron una industria”, remarca con orgullo santafesino el entrevistado.
Cuando se habla de la historia industrial de San Vicente, aparecen inevitablemente tres nombres: Senor, Bernardín y Bofelli. Tres fábricas que dejaron una marca profunda en la economía, en la cultura y en la vida cotidiana de la localidad, junto con otros pioneros como Flamini.
Durante sus años de esplendor, aquellas plantas tenían una dimensión industrial que todavía sorprende cuando se la mira con los ojos del presente. No eran simples talleres rurales: eran fábricas capaces de producir maquinaria agrícola en serie y de sostener una estructura laboral que atravesaba a buena parte de la comunidad.
“En unas entrevistas que hice, me decían que la línea de montaje de Senor era como la de cualquier fábrica de autos”, cuenta Prósperi. “Tenía línea de montaje que otras fábricas en su momento no tuvieron”, continuó relatando.
La imagen permite entender la magnitud de aquella industria. Una cosechadora avanzando dentro de una línea de producción, mientras distintos trabajadores iban incorporando cada componente hasta convertir una estructura de hierro en una máquina lista para salir al campo. “Querías armar un equipo y te ibas moviendo de sector: en una parte ponías la plataforma, en la otra acoplabas la parte de la cabina y en el otro sector el motor”, cuenta a modo de ejemplo.
Y entonces aparece una cifra que dimensiona aquel sueño industrial: “En su época de oro llegaron a salir tres cosechadoras terminadas por día. Era como una fábrica de autos, pero de cosechadoras”, aseguró Prósperi.
Aquella industria necesitaba trabajadores capacitados. Y también necesitaba formar a las nuevas generaciones. Por eso, la Escuela Técnica de San Vicente nació, en buena medida, impulsada por los propios fabricantes de maquinaria, que entendían que el crecimiento industrial requería mano de obra especializada. Así se fue construyendo un círculo virtuoso: la fábrica necesitaba técnicos, el pueblo formaba técnicos y esos jóvenes encontraban en la industria una posibilidad de futuro.
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Pero el mismo lugar donde había aprendido a fabricar gigantes de hierro también conocería, años después, el dolor de verlos desaparecer. Primero cayó Bofelli, durante la década de 1970. Luego llegó el cierre de Senor, en 1987.
Finalmente, Bernardín terminó de cerrar un ciclo en el segmento de cosechadoras durante los años 90. Y con las fábricas no solamente desaparecieron puestos de trabajo: desapareció una parte del alma del pueblo.
Para Prósperi, contar esta historia tiene una dimensión mucho más íntima. Su padre, José Luis Prósperi, llegó a San Vicente el 6 de junio de 1966. Tenía apenas 22 años y había egresado de la Escuela Industrial Superior de Santa Fe.
La familia Senor lo convocó para incorporarlo al departamento de diseño y desde allí participó en el desarrollo de modelos que quedarían grabados en la historia de la maquinaria agrícola argentina, entre ellos las cosechadoras V60, B4 y B6.
Por eso, para su hijo, hablar de Senor no significa simplemente hablar de una empresa que fabricó cosechadoras. Es hablar de su padre y de una época que también atravesó a su propia familia y a él en lo personal.
“Yo tenía 10 años cuando cerró Senor, era muy chico, pero los recuerdos no se borran”, recuerda Luciano. Y enseguida aparece una de las imágenes más conmovedoras de toda la historia: “Recordaba a mi papá llorar cuando pasaba por frente de la fábrica”.
También memoriza lo que vino luego. “Lo recordaba triste cuando se iba a trabajar afuera. Todo ese exilio que tuvo que vivir él con otras familias, yo lo viví en carne propia”. La industria había sido mucho más que un empleo. Para muchos trabajadores, era una forma de vida, una identidad y una pertenencia. Por eso, cuando las fábricas comenzaron a desaparecer, el golpe trascendió lo económico.
“Mi papá tenía problemas cardíacos, cinco stents, y yo siempre digo que cada vez que cerraba una empresa se infartaba, porque lo vivía con la camiseta puesta, con la pasión de toda una vida dedicada a esto”, insiste convencido el protagonista.
Hay una escena que resume el impacto de aquella transformación mejor que cualquier estadística: las sirenas. “El cierre de Bernardín fue el silencio total. Se pasó de escuchar tres sirenas al mediodía marcando el turno de trabajo, a no escuchar nada”.
Y después, una frase que todavía parece describir el paisaje de aquel momento: “Quedó todo en silencio, la gente muy triste, un pueblo devastado”.
En todo este contexto, la historia de “Tracción a Sangre” comenzó mucho antes de que Luciano se sentara a editar el documental.
En 1997, casi por casualidad, encontró en un viejo galpón abandonado unas latas de película en 16 milímetros. Adentro había imágenes inéditas de la fábrica Senor. Eran fragmentos de una época que parecía destinada a desaparecer y que, con el paso de los años, adquirieron otro significado.
En 2014 murió su padre y el proyecto comenzó a transformarse en algo mucho más personal. “Cuando fallece mi papá, todo esto volvió a surgir como una manera de buscarlo a él”. Las viejas filmaciones, los testimonios y el contacto con investigadores internacionales que intentaban reconstruir la historia de las patentes desarrolladas en San Vicente terminaron de darle forma a una pregunta inevitable: ¿qué pasaría con toda esa historia si nadie se ocupaba de contarla?
Así nació el documental. Pero mientras avanzaba con el proyecto, Prósperi descubrió que no estaba reconstruyendo únicamente la historia de unas fábricas. Estaba reconstruyendo la historia de su pueblo.
“Para mí no era un documental más ni eran imágenes sueltas o una edición técnica. Se me juntaban todas las emociones”. Y entonces aparece una deuda que, según el realizador, todavía persiste: “Sentí el deber cumplido, pero también la certeza de que este pueblo tiene una deuda con su propia memoria”.
La pregunta vuelve a aparecer: ¿cómo puede una localidad reconocida oficialmente como Cuna de la Cosechadora no tener una máquina emblemática expuesta de manera permanente para que las nuevas generaciones puedan verla?
“Llegas a San Vicente, lees el cartel que dice ‘Cuna de la Cosechadora’, pero no tenemos una máquina emblemática en exposición permanente para que los chicos la vean”, se pregunta.
Tal vez allí esté el verdadero corazón de “Tracción a Sangre”. La película habla de Senor, Bernardín y Bofelli. Habla de cosechadoras, diseños, patentes, fábricas y líneas de montaje.
Pero, por encima de todo, habla de personas: de padres que volvieron de trabajar con olor a metal en la ropa, de hijos que crecieron viendo entrar y salir máquinas, de familias que construyeron su proyecto de vida alrededor de una fábrica y de trabajadores que tuvieron que marcharse cuando aquellas puertas finalmente se cerraron.
También trata de una comunidad que todavía busca recuperar aquella identidad. Por eso Prósperi no piensa solamente en el presente. “Yo siempre digo que no trabajo para hoy, trabajo para dentro de 20 años”, manifestó emocionado.
Es una frase que adquiere todavía más fuerza cuando se entiende el origen del documental. “Quiero que dentro de mucho tiempo los jóvenes vean esto, entiendan de dónde vienen y conozcan la identidad de un pueblo industrial que transformó al país”, repasa Prósperi.
Porque quizás ese sea el verdadero propósito de rescatar una vieja cosechadora, una fotografía, una película en 16 milímetros o el recuerdo de una sirena: no mirar hacia atrás solamente por nostalgia, sino mirar hacia atrás para saber quiénes somos.
“Tracción a Sangre” cuenta la historia de las fábricas, pero, sobre todo, cuenta la historia de la gente de San Vicente”.
Por eso, ahí está el homenaje más profundo de Prósperi: no solamente a quienes imaginaron aquellas máquinas capaces de cambiar para siempre la forma de cosechar, sino también a los hombres y mujeres que, con sus manos, hicieron posible que aquellos gigantes de hierro salieran de una línea de montaje y llegaran al campo.
Durante décadas, estas cosechadoras fueron el corazón industrial de San Vicente. Hoy las sirenas ya no marcan los turnos. Pero mientras alguien recuerde cómo sonaban, mientras una vieja máquina vuelva a ponerse en marcha y en tanto una nueva generación conozca la historia de quienes las construyeron, aquel latido de hierro seguirá vivo.