Las “flores amarillas” que siembra el campo: colza, camelina y carinata, cada vez más firmes en la rotación

carinata

Comenzó la primavera y en miles de posteos en redes sociales no ha parado de sonar la canción “flores amarillas”, que se hizo famosa en la novela para niños Floricienta.

Y el campo también tiene sus “flores amarillas” que están cada vez más presentes en los paisajes agrícolas invernales y primaverales.

Se trata de los cultivos como la colza (o canola), la carinata y la camelina, que precisamente en su proceso de floración producen flores de ese color, y que forman parte de una estrategia muy firme que busca diversificar las rotaciones, mejorar el funcionamiento del suelo y, al mismo tiempo, abrir nuevas oportunidades comerciales vinculadas con los biocombustibles.

COLZA, CARINATA Y CAMELINA, CADA VEZ CON MÁS ENERGÍA

La incorporación de estas especies, pertenecientes al grupo de las brasicáceas o crucíferas, viene ganando protagonismo en distintas regiones productivas.

Desde el INTA remarcan que su inclusión puede aportar beneficios que exceden al propio cultivo, mientras que desde el sector privado se trabaja para transformar a la carinata en una alternativa invernal con destino industrial y exportador.

Leonardo Coll, especialista del INTA Paraná, Entre Ríos, explicó que la agricultura argentina atraviesa un proceso de intensificación en el que la soja de primera dejó espacio a esquemas con cultivos de invierno y soja de segunda. En ese escenario, sostuvo que no alcanza con intensificar: también es necesario diversificar.

“La importancia de la intensificación para construir rotaciones estables y productivas, pero también es importante la diversificación de esa secuencia”, señaló Coll.

Los antecedentes regionales muestran que el camino ya comenzó a recorrerse. En Uruguay, por ejemplo, la colza llegó a ocupar una tercera parte de los cultivos de invierno y los resultados de los cultivos posteriores reflejaron mejoras luego de incorporar una brasicácea a la secuencia.

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En Argentina, Santa Fe, Entre Ríos y el norte de Buenos Aires también avanzan en la incorporación de estas especies.

Entre sus aportes aparecen una menor concentración de malezas tolerantes, la interferencia sobre algunos ciclos de enfermedades y una menor inmovilización de nutrientes en comparación con otros cultivos de invierno.

UNA VENTANA DIFERENTE PARA REDUCIR RIESGOS

Uno de los puntos centrales destacados por el especialista del INTA está relacionado con la fisiología de estos cultivos. La colza y la carinata adelantan sus períodos críticos respecto del trigo, generando una ventana productiva diferente y, por lo tanto, una posibilidad adicional para distribuir los riesgos climáticos.

Mientras en el trigo el período crítico en zonas como Entre Ríos se ubica entre mediados de septiembre y principios de octubre, en las brasicáceas prácticamente no existe esa superposición. Esto permite diversificar la exposición de la producción frente a sequías, bajas ofertas radiativas o heladas tardías.

Pero el beneficio no queda limitado a la parte aérea del cultivo. Las raíces de las crucíferas generan canales naturales en el perfil y contribuyen a una suerte de descompactación biológica, reduciendo estructuras laminares e incrementando la infiltración de agua.

También existe un efecto sobre la disponibilidad de nutrientes. Coll explicó que el rastrojo de trigo presenta una inmovilización mucho más marcada que el de una brasicácea debido a las diferencias en la relación carbono-nitrógeno.

“Un rastrojo de trigo produce una inmovilización mucho más marcada que el rastrojo de una brasicácea”, explicó el especialista, quien remarcó que esto deja nutrientes “rápidamente disponibles, por ejemplo, para maíz; mejoran la eficiencia del uso de todos los recursos”.

Los resultados obtenidos en redes de ensayos aportan otro argumento para mirar con atención estas alternativas. De acuerdo con Coll, los rendimientos de maíz de segunda o soja de segunda implantados sobre colza u otra brasicácea fueron superiores a los obtenidos luego de trigo.

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La explicación está relacionada tanto con una mayor eficiencia en el uso del agua como con la posibilidad de liberar antes el lote. En cultivos de segunda, esa diferencia puede ser determinante para ingresar dentro de la ventana óptima de siembra.

Es mucho más fácil sembrar soja dentro de la ventana óptima si sembramos antes una brasicácea que si sembramos sobre un trigo, donde la fecha de siembra del cultivo de segunda a veces nos cae dentro del período de pérdida de rendimiento”, indicó Coll.

UNA FLOR AMARILLA QUE SE HACE “BIOFUEL”

Sobre esa base agronómica aparece una segunda dimensión para la carinata: la posibilidad de integrarse a una cadena industrial orientada a la producción de biocombustibles.

Rubén Dicún, gerente general de Nufarm, explicó a Infocampo Estudio que la compañía busca darle al cultivo una perspectiva de largo plazo, con un esquema que excede la lógica de una campaña agrícola puntual.

La propuesta contempla contratos cerrados, provisión de semilla y compra asegurada de la totalidad de la producción obtenida.

“El programa de carinata es una propuesta que tenemos en el mercado con una mirada de largo plazo; esto no es un cultivo de un solo año, sino un programa estructural para ofrecer al mercado una alternativa sólida de invierno”, detalló Dicún.

El modelo, sin embargo, supone condiciones específicas de producción. Si bien agronómicamente la carinata guarda similitudes con la canola, el destino industrial y los estándares internacionales exigen un manejo bajo parámetros determinados, con trazabilidad y certificación.

“No es solamente un cultivo, nosotros lo llamamos un programa; requiere un productor dispuesto a desarrollar un cultivo con trazabilidad, que esté certificado y cumpla determinadas normas”, remarcó el ejecutivo.

La convocatoria está abierta a productores de las zonas que presenten las condiciones agroecológicas necesarias. La diferencia está en que, en este caso, la producción no queda librada exclusivamente a las condiciones del mercado al momento de la cosecha: el programa contempla una compra asegurada de la producción.

EL DESAFÍO DE TRANSFORMAR EL GRANO EN VALOR AGREGADO

El siguiente paso de la estrategia está en la industrialización. El objetivo de Nufarm es avanzar junto con socios estratégicos en el desarrollo de capacidad de crushing en la región, para que la cadena no termine con el envío del grano al exterior.

La intención es procesar localmente la carinata y convertirla en aceite vegetal destinado a biocombustibles. De esa manera, la Argentina podría pasar de exportar materia prima a participar también de una etapa de mayor valor agregado dentro de la cadena.

“Buscamos no solamente enviar el grano a Europa, sino también mandar el aceite en lugar del grano para agregar valor en el país”, subrayó Dicún.

El proyecto también está atravesado por una variable que adquiere cada vez mayor peso en los mercados internacionales: la huella de carbono. Para acceder a la demanda europea de biocombustibles no alcanza con producir volumen; también resulta necesario demostrar el cumplimiento de estándares ambientales y contar con trazabilidad sobre el origen y el proceso productivo.

En ese esquema, la ubicación de las futuras plantas de procesamiento adquiere relevancia. La estrategia contempla acercar las instalaciones a la vía navegable para facilitar el embarque del aceite y reducir las emisiones asociadas al transporte terrestre.

“Tenemos que pensar en una agricultura para alimentos y para biocombustibles, para las dos cosas”

UNA ALTERNATIVA QUE BUSCA CERRAR EL CÍRCULO

La demanda europea constituye uno de los principales motores del programa. Las regulaciones ambientales del bloque comunitario generan una demanda instalada de materias primas para biocombustibles y abren una oportunidad para países capaces de ofrecer volumen, trazabilidad y una huella de carbono competitiva.

Así, la carinata aparece en la intersección entre dos necesidades del sistema agrícola: por un lado, la búsqueda de rotaciones más diversas y eficientes; por otro, la necesidad de construir nuevas cadenas de valor vinculadas con la transición energética.

Para Coll, el desafío todavía está en lograr que más productores se animen a incorporar estas especies y comprendan el impacto de la decisión sobre el sistema completo, y no únicamente sobre el resultado individual del cultivo.

“Hay que ver el sistema en sí y no tratar a los cultivos de manera individual; las crucíferas no solo tienen una alta rentabilidad propia, sino que mejoran el margen global del año, reducen el riesgo ambiental y optimizan la logística del uso de maquinaria”, concluyó el especialista del INTA.

Desde la mirada de Nufarm, la apuesta apunta a que esa mayor presencia en los lotes pueda transformarse además en una cadena industrial con destino internacional.

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El futuro es promisorio y la demanda está instalada; queremos que la Argentina sea un proveedor clave de este cultivo”, concluyó Dicún.

Entre la mejora de las rotaciones, el aprovechamiento de las ventanas de siembra y la posibilidad de generar aceite para biocombustibles, aquellas flores amarillas que aparecen durante el invierno empiezan a representar algo más que un cultivo alternativo. Pueden convertirse en una pieza de una agricultura que busca producir, diversificar y, al mismo tiempo, agregar valor más allá de la tranquera.

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