
En la pequeña localidad de Carabelas, en el partido bonaerense de Rojas, el paisaje parece tener una sola respuesta productiva: soja, maíz y grandes extensiones agrícolas que se pierden en el horizonte.
Sin embargo, desde hace más de medio siglo, entre esos lotes existe otra actividad que encontró allí su lugar y que, con el paso de las generaciones, terminó convalidando una verdadera historia de familia: la apicultura.
La historia de los Castañón comenzó cuando Juan Antonio apenas tenía 12 ó 13 años y acompañaba a su tío apicultor a las jornadas de trabajo en el campo.
Aquella primera experiencia, casi como un juego de infancia, se transformó con los años en una forma de vida.
“Yo trabajaba en el campo, le ayudaba a mi tío. Él fue quien me hizo comprar las primeras colmenas. Empecé este emprendimiento con tan solo 20”, recuerda Juan Antonio Castañón en una entrevista exclusiva con Infocampo.
Desde entonces, las abejas fueron mucho más que una actividad complementaria. Durante décadas, el titular de Colmenares Castañón, junto a su esposa Beatriz, combinó el trabajo en los apiarios con su empleo como transportista de cereales en la Cooperativa de Carabelas.
Los fines de semana, feriados y vacaciones se transformaban en jornadas enteras dedicadas al campo y a las colmenas.
El descanso podía esperar: había cajones que revisar, traslados que organizar y una actividad que, poco a poco, comenzaba a ocupar un lugar cada vez más importante en la vida de la familia.
“Yo siempre digo que el trabajo de apicultor, más que un trabajo, es una pasión. El que tiene abejas es porque está apasionado de eso”, define Castañón, sintetizando en una frase el vínculo que mantuvo durante décadas con una actividad que, pese a las dificultades, nunca dejó de acompañar a la familia.
Es que Castañón transmitió el amor por las abejas y su producción a su hijo Martín, quien sigue los conceptos apícolas de su padre a la perfección. Pero el legado no quedó solamente en repetir una tarea aprendida de generación en generación. También se convirtió en el punto de partida para un nuevo proyecto que busca potenciar el trabajo de las abejas, bajo el lema “Campos con vida”.
La infancia de Martín, hoy parte fundamental del relevo generacional, también quedó marcada por aquellas jornadas en el campo. Uno de sus recuerdos más fuertes son los viajes junto a su padre, cuando las colmenas se cargaban en un carro tirado por un viejo Rastrojero y emprendían recorridos de 60 o 70 kilómetros hacia la zona de Pergamino.
Eran otros tiempos. Los caminos de tierra, las herramientas rudimentarias y los largos viajes formaban parte de una rutina que exigía esfuerzo, paciencia y una buena dosis de sacrificio. Incluso los traslados nocturnos tenían su propia ingeniería: una luz portátil colgada en la parte trasera del vehículo servía para advertir a los pocos automovilistas que transitaban por las rutas.
Aquellos viajes tenían un objetivo concreto: llevar las colmenas a polinizar campos semilleros. Y detrás de cada traslado había mucho más que cajones sobre un carro. Había horas de trabajo, caminos recorridos y la certeza de que cada colmena podía ser una nueva oportunidad para seguir haciendo crecer aquel emprendimiento que había comenzado con apenas 20 unidades.
Con el paso de los años, esa actividad fue creciendo hasta convertirse en una pieza importante de la economía familiar. Pero el camino no estuvo exento de crisis. “En esa época, siempre recuerdo que un tambor de miel no alcanzaba para comprar un par de cubiertas; no valía nada”, recuerda Martín al repasar algunos de los momentos más difíciles que atravesó el sector.
Aun así, la familia siguió adelante. Y esa perseverancia terminó teniendo una recompensa que excedió ampliamente lo económico.
“Nosotros, junto con mi hermana Marina Castañón, fuimos a estudiar, compramos autos, camionetas, el departamento. Todo siempre fue con las abejas. Ellas nos dieron todo”, resume Martín, con una frase que probablemente explique mejor que cualquier número lo que significó la apicultura para los Castañón.
Porque detrás de esas palabras hay más de medio siglo de historia: una familia que encontró en las abejas no solamente una fuente de ingresos, sino también una manera de construir su futuro.
Con el crecimiento de la actividad también llegó una transformación profunda en la manera de producir y comercializar. Aquella apicultura basada en acuerdos informales fue dando paso a un sistema donde la trazabilidad y las exigencias sanitarias adquirieron un papel central.
“Antes sacabas la miel, la vendías y no había ningún problema ni número. Ahora todo eso cambió; tenés que estar registrado en el Remapa y en el Arca porque la miel se vende y se exporta”, explica Martín.
Hoy, la miel producida por la familia se comercializa a través de la Asociación de Cooperativas Argentinas (ACA) y llega a mercados internacionales.
Para acompañar ese proceso, la familia Castañón construyó y habilitó su propia sala de extracción, registrada ante el SENASA y vinculada al sistema de registros sanitarios correspondientes.
Producir miel en Carabelas implica, además, aprender a convivir con una matriz productiva dominada por la agricultura. Allí no abundan los montes naturales con floraciones permanentes y, por eso, la disponibilidad de alimento para las abejas depende en buena medida de las pasturas, la alfalfa y los cultivos de la zona.
“En esta zona, con 500 o 600 colmenas no se puede vivir exclusivamente, porque es un área puramente agrícola y dependemos de que siembren lotes de alfalfa para tener flores”, explica Castañón.
La relación con los agricultores se convirtió, entonces, en una condición indispensable para sostener la actividad. Los Castañón distribuyen sus colmenas en unos 10 parajes diferentes y, para hacerlo, necesitan de algo que no figura en ningún registro ni contrato, pero que para ellos resulta esencial: la confianza de los propietarios de los establecimientos.
“A los agricultores de la zona les debemos un agradecimiento eterno. Te prestan el lugar, te dan la llave para que entres a trabajar y confían en vos. Si la gente no nos diera un lugar, ¿dónde pondríamos las abejas?”, reflexiona Beatriz, esposa de Juan Antonio y madre del emprendimiento.
La frase resume una relación que se fue construyendo con el tiempo. Porque en ese territorio donde los cultivos extensivos ocupan buena parte del paisaje, la apicultura necesita encontrar un lugar para existir. Y ese lugar, muchas veces, se lo ofrecen los propios productores.
La convivencia no siempre fue sencilla. La expansión del uso de agroquímicos generó situaciones complejas para los apiarios. “Cuando recién se empezaron a usar los agroquímicos, se hizo un desastre”, reconoce.
Sin embargo, con los años se produjo un cambio que la familia considera fundamental: el diálogo. “Hoy la gente de campo nos cuida, nos avisa antes de aplicar algún fitosanitario de noche o a la madrugada, cuando las abejas todavía están resguardadas dentro de los cajones”, destacó el entrevistado.
Esa coordinación permite que dos actividades que muchas veces aparecen enfrentadas puedan convivir en el mismo territorio. Y la relación, además, es de beneficio mutuo: las abejas cumplen un rol fundamental en la polinización de determinados cultivos, mientras que los productores apícolas encuentran en esos campos el espacio y los recursos necesarios para desarrollar sus colonias.
La economía de la actividad también tiene sus propias reglas. Históricamente, los Castañón utilizaron una referencia sencilla para medir el valor de la miel: la comparación con el precio del novillo.
“Nuestra cuenta histórica siempre fue: un kilo de novillo equivale a un kilo de miel. Hoy esa paridad está rota. A nosotros nos están pagando 3.800 pesos el kilo de miel en la zona, mientras que el novillo supera los 5.000 pesos. Si la miel valiera lo mismo que el novillo, la situación sería mucho mejor”, explica el apicultor.
A esa realidad económica se suma una variable imposible de manejar: el clima. En una campaña excelente, la producción puede alcanzar entre 40 y 50 kilos por colmena. La familia llegó a promediar entre 45 y 48 kilos. Pero saben, por experiencia, que esos números no están garantizados y que cada temporada puede escribir una historia diferente.
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“Con sacar un promedio de 30 kilos por colmena ya estaríamos conformes, porque sabemos que hay años donde directamente no se saca nada”, admiten en la familia, quienes miran con preocupación al futuro climático.
Por eso, el pronóstico de un escenario de El Niño y la posibilidad de una primavera con lluvias abundantes aparece como una inquietud concreta para los apicultores de la región. Después de tantos años, saben que hay algo que ningún esfuerzo puede controlar: el comportamiento de la naturaleza.
“Si llueve fuerte durante los tres meses de primavera, es terrible para nosotros, porque las abejas empiezan a trabajar con fuerza en septiembre, octubre y noviembre, para luego cosechar en diciembre, enero y febrero. Esperamos que el agua no sea tanta”, asegura Juan Antonio.
Pero si hay algo que los Castañón aprendieron durante más de 50 años es que la actividad exige paciencia. La apicultura no permite apurarse: hay que observar, acompañar y entender los tiempos de la naturaleza. Quizás por eso, después de tantas décadas, la pasión sigue intacta.
“La abeja tiene una vida que es realmente alucinante. Es increíble cómo se organizan, lo higiénicas que son y cómo cuidan su casa. Entender y acompañar esa vida es una pasión hermosa que te atrapa para siempre”, agrega Beatriz.
Después de más de medio siglo, la familia también cosechó reconocimientos. Entre ellos, un tercer premio a la calidad de la miel argentina en una exposición realizada en Rosario.
Pero quizás el mayor logro no esté en una distinción ni en un volumen de producción, sino en haber convertido una actividad iniciada con apenas 20 colmenas en un verdadero proyecto familiar que hoy reúne a más de 600 unidades.
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Es una cifra que permite dimensionar el camino recorrido, pero que no alcanza para contar todo lo que hubo detrás. Porque cada colmena representa una parte de una historia que comenzó cuando Juan Antonio tenía apenas 12 años, continuó junto a Beatriz y luego encontró en Martín la continuidad de un oficio que pasó de padres a hijos.
Por eso, cuando se les pregunta qué consejo le darían a alguien que quiere comenzar, la respuesta está lejos de cualquier promesa de rentabilidad rápida.
“Les diría que empiecen con poquitas colmenas para ver si les gusta el día a día en el campo y si toleran las picaduras, porque por más protección que lleves, alguna siempre te va a picar. Que no arranquen pensando únicamente en que van a ganar mucha plata de entrada. Hay que hacerlo por gusto, aprender el oficio, leer mucho y capacitarse; después, la colmena se agranda sola y se convierte en un pilar fundamental para la economía familiar”, aconsejan en la familia.
Hoy, Juan Antonio y Beatriz comienzan lentamente a correrse de las tareas más pesadas. El legado, sin embargo, no se detiene. Martín tomó la posta y, además de continuar con la actividad apícola, comenzó a imaginar nuevas formas de darle valor a todo ese conocimiento acumulado durante décadas.
De esa búsqueda nació Campos con Vida, un emprendimiento que combina la experiencia de más de seis décadas de Colmenares Castañón con conocimientos científicos, biotecnológicos, jurídicos y ambientales.
La propuesta parte de una idea tan sencilla como poderosa: utilizar a las abejas como bioindicadores para observar lo que sucede en el ambiente.
El proyecto funciona como una empresa argentina de consultoría ambiental que instala estaciones de observación biológica, conformadas por colonias de Apis mellifera, en establecimientos agropecuarios, industriales y productivos. Allí se monitorea la evolución de las colonias y se registran observaciones ambientales.
“Cada intervención genera información georreferenciada y documentada, que permite construir un historial técnico, comparar registros a lo largo del tiempo e identificar posibles señales tempranas de estrés o alerta ambiental. Cuando es necesario profundizar el análisis, el sistema puede complementarse con toma de muestras, identificación, cadena de custodia y estudios realizados en laboratorios especializados”, cuenta Martín entusiasmado con su nuevo emprendimiento.
El equipo reúne distintas disciplinas. Su pareja, la doctora María Mercedes Olivera Gauskus, está al frente de la dirección institucional y ambiental, mientras que Martín Castañón conduce la dirección técnica y operativa, aportando sus más de 30 años de experiencia como productor apícola y estudiante de bachillerato universitario con mención en química.
Así, la historia que comenzó con un chico de 12 años ayudando a su padre a cuidar las colmenas empieza a escribir un nuevo capítulo. Las abejas que durante décadas fueron sustento, compañía y pasión para los Castañón ahora también pueden convertirse en una herramienta para mirar el ambiente de otra manera.
Y quizás allí esté la verdadera continuidad de esta familia: no solamente en mantener las colmenas, sino en demostrar que una actividad nacida de la tradición puede reinventarse sin perder su esencia. Que un oficio aprendido de un tío puede atravesar generaciones, transformarse con el tiempo y seguir encontrando nuevos caminos sin dejar atrás aquello que le dio origen.
Porque después de más de 50años, la pasión sigue intacta. Y para Juan Antonio y Beatriz, la felicidad continúa teniendo una escena sencilla, casi cotidiana, pero cargada de toda una vida: preparar el termo, subir a la camioneta, tomar el camino hacia el campo y volver a encontrarse con las abejas.
“Nuestra felicidad sigue estando ahí: ir al campo a ver las abejas”, resumen, sin duda.
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